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En los años 80 hacía su aparición en el mundo de la conservación de Bienes Culturales una generación que venía para cambiar radicalmente el rumbo profesional de la restauración. Leandro representó muy bien a esas primeras hornadas de restauradores con sólida formación teórica, propagandistas de la intervención multidisciplinar y científica, capaces de concebir la interacción con la obra en el marco de una política de conservación global para los BBCC. A principios de los noventa se integró en el entonces ICRBC en donde desarrolló su labor profesional hasta hace unos meses. Hoy ya no está entre nosotros. No hay grandes “éxitos” que señalar en su biografía, pero probablemente sin su habilidad y conocimiento de la profesión, el GEIIC no habría arrancado con la fuerza y la vocación de futuro con que lo hizo tras el XI Congreso de Castellón en 1996. Deja en el Instituto numerosos proyectos realizados y obras conducidas a buen término y en el recuerdo de muchos jóvenes profesionales imborrables enseñanzas. Deja cosas escritas, y bien escritas. Entre lo que hizo y lo que era, nos quedamos con nuestro amigo Leandro siempre vestido de la extroversión que abriga al solitario, culto y sensible, amable: amante de la poesía y también algo poeta. Ferviente admirador de Biedma, le dejamos con él: “Que aunque el gusto nunca más vuelve a ser el mismo en la vida, los olvidos no suelen durar.” Miguel Ángel R. Lorite
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