Conservar, restaurar y otras pequeñas cosas también importantes

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Frente a esa arraigada idea de que sólo lo excelso es relevante, que sobrevalora la reconstrucción estética de los elementos destacados y visibles en los proyectos de conservación-restauración, hay todo un conjunto de pequeñas cosas de las que depende en buena medida la perdurabilidad de las obras. En los bienes culturales a menudo encontramos soluciones que continúan cumpliendo a día de hoy su eficaz cometido. Son sistemas que corremos el riesgo de pasar por alto y alterarlos, cuando fueron aplicados por constructores y artesanos para cumplir un papel relevante en la protección de retablos y techumbres.

No sólo seleccionaron cuidadosamente los materiales empleados y perfeccionaron sus técnicas, sino que recurrían a estrategias y prácticas propias del oficio que minimizaban posibles riesgos y favorecían por tanto su conservación. Como la separación dejada entre un retablo y el muro posterior, al que se fija. O la disposición de maderos para asentar el retablo, que a la vez lo aíslan de bancos o mesas de altar de obra. Medidas, ambas, que lo alejan de posibles focos de humedad de la fábrica del templo. Algo semejante ocurre en las techumbres, donde mechinales, ventanas o mansardas, más ocultas a la vista, proporcionan ventilación a las estructuras de madera y de paso permiten su control y revisión.

Estas prácticas tradicionales han favorecido unas condiciones idóneas durante siglos. Así que no ignoremos o desatendamos dichos sistemas, pues no siempre se respetan ni se valora en su caso su sustitución, y menos aún aparecen reflejados en estudios y proyectos de intervención. Tengamos presente que los problemas generados por su eliminación tardan en manifestarse, no constan como tales o quedan sin ser evaluados, haciendo difícil relacionarlos con su causa originaria. Y cuando ya se manifiestan sus consecuencias son mucho más graves, encareciendo y haciendo más complejas las tareas necesarias para su corrección.

Estos sistemas han de entrar a formar parte de las fases de estudio, preguntándonos hasta qué punto siguen siendo útiles y han contribuido a que los bienes hayan llegado hasta nuestros días. La difícil accesibilidad de estos bienes in situ de gran formato ofrece la ventaja de que, salvo rehabilitaciones o transformaciones importantes, aún conservan este tipo de elementos.

Tan solo hace falta leer y examinar la obra y su entorno para identificarlos. Si aún funcionan, respetémoslos, puesto que también son parte de la historia material de nuestro patrimonio. Y si no, hagamos por recuperar al menos su función, necesaria para procurar la conservación de estos bienes culturales.

1 de mayo de 2019
Ana Carrassón López de Letona
Conservadora-restauradora del IPCE

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